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DON GIOVANNI: LAS HERIDAS QUE SE ESCONDEN DETRÁS DE LA SEDUCCIÓN

Seducción, poder, heridas emocionales y las máscaras de Lise Bourbeau a través de los personajes y símbolos de la ópera de Chicago.
1 de noviembre de 2026 por
Emely Saviñón
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Además de la seducción auditiva que hechiza en la ópera, podemos disfrutar de la puesta en escena de los dramas universales de la vida. Verla y solo centrar la atención en la música y la trama es perderse el tesoro de otros niveles narrativos que se pueden extraer de este arte exquisito. Mi primera visita a la ópera de Chicago me llevó a descubrir, entre música, símbolos y personajes, una historia sobre las heridas emocionales y las relaciones que construimos a partir de estas.

Salí de ver Don Giovanni, en la Lyric Opera de Chicago, completamente impresionada. Las voces, la orquesta, la escenografía, la iluminación, las actuaciones y el movimiento de los cuerpos hicieron de aquella una experiencia extraordinaria. Recuerdo especialmente un telón formado por cien rosas negras, que en algún momento se lleno de neblina, como los pensamientos de algunos personajes. Una imagen que envolvía el escenario de misterio y que me cautivó, despertando una sensación extraña en mi pecho.

Pero lo más impactante de todo, los símbolos, las máscaras y las conexiones que iba descubriendo entre los personajes. Cuando salimos al descanso en la mitad de la ópera, pude conversar con mi acompañante y sus amigos. Mientras ellos comentaban algunos aspectos de la obra, yo estaba entusiasmada hablando de las máscaras, los personajes dormidos en una escena y las heridas emocionales que reconocí en las relaciones entre los personajes. Quizá hablé más de lo que quería, pero tenía tantas cosas que compartir que me costaba contener la emoción.

Después pensé que aquella experiencia decía algo interesante sobre nuestra manera de mirar. Podemos estar sentados en el mismo lugar, contemplando el mismo escenario, y salir de allí con interpretaciones completamente diferentes. Cada persona observa desde su historia, sus conocimientos, sus velos, sus recuerdos y su sensibilidad. No miramos solamente lo que tenemos delante; también miramos desde lo que somos.

Sobre Don Giovanni, Mozart y Da Ponte 

Don Giovanni, de Wolfgang Amadeus Mozart, con libreto de Lorenzo Da Ponte, se estrenó en Praga en 1787. Es la segunda de las tres óperas que ambos crearon juntos, conocidas como la trilogía Mozart-Da Ponte: Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte. Don Giovanni es un noble seductor que persigue sus deseos sin detenerse ante las consecuencias que sus actos tienen sobre los demás. Esta obra combina humor, violencia, traición, tragedia, injusticia, soberbia y abuso  hasta llegar a un desenlace sobrenatural. Una combinación muy parecida a la realidad de la historia de cualquier familia de la vida real.

Mozart y Da Ponte definieron la obra como un dramma giocoso, una combinación de comedia y drama. Y eso es precisamente lo que la hace tan sorprendente: puedes reírte de una situación y, al minuto siguiente, sentir que se te hiela la sangre. La música puede ser alegre y seductora mientras lo que sucede en escena resulta cruel, amenazante y profundamente inquietante. 

En la producción de Chicago, dirigida por Robert Falls y con Enrique Mazzola al frente de la dirección musical, encontré una contradicción fascinante: la belleza de la música convive con la crueldad de algunas situaciones. Podemos disfrutar de una voz y, al mismo tiempo, rechazar la conducta del personaje que la interpreta. La belleza y majestuosidad de los vestuarios, el conde cantando convertido en estatua, el infierno tragándose a Don Giovanni, la sutileza de Zerlina, la mesa gigante y todo lo demás. 

Don Giovanni suele presentarse como el seductor irresistible, el hombre que conquista a todas las mujeres y no quiere pertenecer a ninguna. Sin embargo, al observar sus acciones, resulta difícil quedarse en esa imagen romántica. No estamos simplemente ante un hombre enamorado de su libertad, sino ante alguien que utiliza la seducción para engañar, manipular y abusar de su poder. Miente sin piedad, trata a las mujeres como conquistas y actúa como si las consecuencias de sus decisiones nunca debieran alcanzarlo. Su soberbia llega al extremo de negarse a arrepentirse incluso cuando tiene la oportunidad de hacerlo, prefiere hundirse en el infierno.

Con esta historia fue muy fácil ver y explorar las heridas emocionales que pueden esconderse detrás de determinadas conductas y cómo se combinan estas heridas entre cada individuo. Unos despiertan, alimentan o confrontan las heridas del otro y así se ve la interacción entre las diferentes personalidades y máscaras que porta cada personaje con su herida. Claro que esta es mi lectura personal, no un diagnóstico de los personajes ni la única interpretación posible de la obra.

Don Giovanni y Leporello: controlar y permanecer

Christian Van Horn construye un Don Giovanni de presencia magnética. Su cuerpo alto,  esbelto, su elegancia su voz y la seguridad con la que se mueve refuerzan la imagen de un hombre acostumbrado a conseguir lo que desea. Miente, manipula y utiliza su atractivo como un arma que le ayuda a escapar de las consecuencias de sus actos. No parece buscar una relación recíproca, sino la satisfacción de su propio deseo. 

Una de las escenas más reveladoras es el aria de Leporello conocida como «Madamina, il catalogo è questo», que significa «Señorita, este es el catálogo». Leporello se dirige a Donna Elvira y le muestra la lista de conquistas de su amo. Entre las cifras que enumera, canta:

«In Italia seicento e quaranta;

in Alemagna duecento e trentuna».

Es decir: «En Italia, seiscientas cuarenta; en Alemania, doscientas treinta y una».

La escena tiene un tono musical ligero, incluso divertido, pero lo que revela es inquietante. Las mujeres aparecen convertidas en números, países y categorías. El catálogo parece demostrar el éxito de Don Giovanni, como si cada conquista añadiera valor a su identidad.  En otra frase del aria, Leporello afirma que hasta a las viejas las conquista solo por el placer de incluirlas en la lista. Sin embargo, esto también deja al descubierto su incapacidad para reconocer a cada mujer como una persona con deseos, sentimientos e historia propia. Parece más una adicción y las adicciones usualmente anestesian un gran dolor. 

Desde el modelo de Las cinco heridas de infancia de Lise Bourbeau, parece que la herida que mejor le encaja a Don Giovanni es la traición con su máscara del controlador. Don Giovanni procura manejar las situaciones para conservar siempre el poder y evitar que los deseos de los demás limiten los suyos. ¿Podría existir detrás de esa conducta un temor a perder el control o a mostrarse vulnerable? Es una pregunta interesante, aunque la obra no nos permite conocer sus posibles causas, ni su historia familiar.

En cambio Leporello representa otra posición y otra herida. Conoce las mentiras de su amo, en el Acto 1 se queja de sus exigencias y reconoce su crueldad, pero continúa a su servicio. La dependencia, el miedo a perder la seguridad y la fascinación por el poder ajeno permiten explorar, como se puede ver la herida de abandono en una persona, en este caso Leporello.

Su personaje me hizo pensar en la máscara del dependiente que acompaña esta herida, esta máscara puede aparecer ante la dificultad de separarse de alguien, en la necesidad de sentirse acompañado todo el tiempo, en el miedo a la soledad y el temor a perder una relación, incluso cuando esta resulta perjudicial. Pero Leporello no es simplemente un hombre incapaz de decidir: protesta, cuestiona a su amo y demuestra que comprende bastante bien lo que sucede. Precisamente por eso resulta interesante preguntarnos qué nos mantiene dentro de una relación cuando ya reconocemos aquello que nos causa daño.

Leporello nos puede llevar a una pregunta ¿por qué seguimos participando en relaciones que reconocemos como destructivas? No siempre somos quienes iniciamos el daño; a veces lo toleramos, lo ocultamos o esperamos que las cosas cambien. Entender lo qué nos mantiene allí puede ayudarnos a recuperar nuestra capacidad de elegir ya que comprender como nos relacionamos con los demás a través de las diferentes heridas tiene un alto valor para recuperar libertad al elegir.

Donna Anna y Don Ottavio: el Duelo y la Justicia

Luego de que Leporello termina de gritar que detesta  trabajar para un desagradecido como Don Giovanni. En esa primera escena se presenta la agresión sexual de Don Giovanni contra Donna Anna y el asesinato de su padre el Comendador, cuando este interviene. A partir de entonces, ella busca justicia y que el responsable responda por lo sucedido.

La historia de Donna Anna nos puede llevar a pensar en la herida de injusticia descrita por Bourbeau, aunque algo que no debemos perder de vista es que buscar justicia después de sufrir violencia es legítimo. No toda búsqueda de reparación habla de una herida. Pero un abuso como el que Don Giovanni comete con Donna Anna es una injusticia de la que ella no puede escapar, además es una crueldad ver el abuso, seguido de otro con el asesinato de su padre, el comendador, que trato de enfrentar al violador con un duelo donde fue más rápido su contraparte, Don Giovanni, el asesino. 

La obra permite preguntarnos qué sucede cuando una experiencia tan dolorosa ocupa casi todo el espacio de nuestra vida, mente y corazón. Donna Anna queda profundamente vinculada a lo ocurrido, mientras su prometido, Don Ottavio, intenta acompañarla y contribuir a que se haga justicia, mientras soporta la frialdad y el desinterés de ella hacía él. Se queda con ella por que la ama y depende emocionalmente de ella, demasiado como para dejarla. Lo que nos muestra nuevamente la mascara de dependencia en Ottavio.

En él se puede reconocer lealtad y compromiso, aunque también cabe preguntarse qué ocurre con las necesidades de quien acompaña a una persona que atraviesa un duelo. Dos personas pueden vivir el mismo acontecimiento de maneras diferentes y necesitar tiempos distintos para seguir adelante. No se trata de exigir que nadie olvide ni perdone, sino de recordar que, incluso después de una experiencia devastadora, eventualmente puede llegar el momento de recuperar otros espacios de vida.

Donna Elvira: amor que mezcla la traición y la dependencia

Donna Elvira, digamos que otra victima, fue engañada y abandonada por Don Giovanni, pero continúa vinculada emocionalmente a él. Quiere denunciarlo, impedir que engañe a otras mujeres y, al mismo tiempo, parece conservar la esperanza de recuperarlo. A pesar de saber la verdad que le canto Leporello en el aria Madamina, il catalogo è questo. Donde le confeso que en España su patrón conquistó 1,003 mujeres. 

Esta contradicción la convierte en uno de los personajes más humanos de la obra. Podemos explorar en ella la herida de la traición y su posible relación con el miedo a la pérdida, asociado a la herida de abandono nuevamente con la máscara de la dependencia.

Lo interesante no es ponerle una etiqueta, sino observar la distancia entre lo que sabe y lo que todavía espera. En la vida también podemos reconocer que una relación nos hace daño y continuar deseando que funcione. No se trata de juzgar a quien permanece en un vínculo difícil, sino de preguntarse qué lo sostiene y qué precio emocional tiene. Reconocer el daño es importante, pero también lo es comprender qué nos impide alejarnos de aquello que nos lastima.

Zerlina y Masetto: deseo, desconfianza y poder

Zerlina y Masetto campesinos enamorados que están a punto de casarse cuando Don Giovanni aparece en la boda e intenta seducirla, ofreciéndole un destino diferente. Todas esas promesas las podemos escuchar en el aria Là ci darem la mano un dueto entre ambos que simboliza el momento más intenso y decisivo de una relación de esa naturaleza.  Zerlina siente la tentación de esa propuesta, pero también siente ¨temor y temblor¨ y finalmente toma distancia. Masetto, por su parte, se siente herido y amenazado ante la posibilidad de perderla.

«Vorrei e non vorrei,

Mi trema un poco il cor».

Es decir: «Quisiera y no quisiera, Me tiembla un poco el corazón». Le responde Zerlina a Don Giovanni ante su propuesta de escaparse con él a su gran mansión donde él se va a casar con ella y le cambiará su suerte. 

Esta relación permite explorar la herida de traición desde dos posiciones: quien vacila ante otra posibilidad y quien teme ser engañado. Sin embargo, reducir su relación a una simple infidelidad sería perder de vista la complejidad de lo que sucede, incluso la desigualdad de poder entre los personajes.

Don Giovanni no es solamente un hombre atractivo. Es un noble con dinero, autoridad y privilegios, mientras Zerlina y Masetto trabajan en el campo. Su posición social le permite ofrecer oportunidades que ellos no tienen y actuar con una seguridad que nace tanto de su personalidad  como de su lugar en la sociedad. Esta dimensión me parece esencial: no todo se explica por las heridas individuales. También debemos observar las condiciones sociales que facilitan ciertas injusticias y abusos.

Las máscaras, el olvido, símbolos y las historias que se repiten

Uno de los detalles que más me impresionó fue ver a los personajes con máscaras durante una escena en la que se cantaba sobre la libertad. La imagen me hizo preguntarme qué significa proclamar la libertad mientras se oculta el rostro.

Pensé en las máscaras que utilizamos para protegernos: mostrarnos fuertes cuando sentimos miedo, complacer para evitar el abandono, controlar para no sentirnos vulnerables o intentar ser perfectos para no exponernos al rechazo.

En el modelo de Bourbeau, estas máscaras se relacionan con respuestas defensivas frente al sufrimiento. Más allá de aceptar o no todas sus categorías, la pregunta conserva su valor: ¿cuánto de lo que mostramos expresa lo que realmente sentimos y cuánto hemos aprendido a mostrar para protegernos?

Otra escena me llamó especialmente la atención es cuando Zerlina intenta tranquilizar a Masetto y pedirle que olvide lo sucedido, mientras están rodeados de los demás personajes secundarios que aparecen dormidos. No sé la intención de los autores, pero yo vi en esa imagen, una generación dormida, una comunidad que permanece ajena a lo que ocurre y la posibilidad de que el olvido permita que ciertas historias continúen repitiéndose.

La imagen me recordó a Macondo, el pueblo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, donde la memoria y el olvido influyen en la manera en que una comunidad comprende su historia. Estas 2 obras no tienen nada que ver entre ellas. Pero es una conexión que me hizo pensar en la importancia de recordar, comprender y revisar aquellas historias que hemos normalizado.

Desde una perspectiva Transgeneracional, podemos preguntarnos qué aprendimos sobre el amor, la fidelidad, el poder, el conflicto y el perdón en nuestra familia. ¿Qué comportamientos vimos repetirse en nuestra familia? ¿Qué dolores no podían nombrarse o aun siguen congelados? ¿Qué papeles asumimos para conservar nuestro lugar?

Estas preguntas no buscan culpables. Nos ayudan a distinguir entre lo que aprendimos, lo que seguimos repitiendo y lo que deseamos elegir de otra manera.

El arte como espejo

No creo que sea necesario interpretar cada detalle de una obra para disfrutarla. Una persona puede conmoverse por la música, otra por la actuación y otra por los símbolos o las relaciones humanas. Ninguna de esas miradas excluye a las demás.

Mi primera visita a la ópera me recordó que el arte puede ofrecernos un espacio para pensar sin necesidad de encontrar respuestas definitivas. Una escena puede despertar un recuerdo; un personaje puede ayudarnos a reconocer una conducta; una imagen puede conectarnos con otra historia.

El arte no tiene que convertirse en un análisis para ayudarnos a mirar con más atención. Y el autoconocimiento no consiste en etiquetar a los demás, sino en comprender nuestra historia, reconocer las pautas que influyen en nuestras relaciones y descubrir nuevas posibilidades de respuesta.

Conocernos no elimina el dolor ni garantiza que nunca volveremos a equivocarnos. Pero puede ayudarnos a actuar y tomar decisiones con mayor conciencia, establecer límites y construir relaciones más saludables.


Una invitación a mirar de nuevo

Salí de Don Giovanni con las voces, la música, las rosas negras, las máscaras, muchas ideas y sobre todo preguntas.  Ojalá que todos puedan vivir la experiencia de la ópera. Basta con estar presentes, escuchar y dejarse sorprender. Si no es en vivo, también hay muchas opciones en linea. 

La próxima vez que veas una película, leas una novela, visites un museo o asistas a una ópera, prueba a observar no solo lo que sucede en la obra, sino también lo que sucede dentro de ti mientras la contemplas.

¿Qué personaje te incomoda? 

¿Cuál despierta tu compasión? 

¿Qué conducta reconoces? 

¿Qué parte de la historia te resulta familiar?

No necesitas encontrar todas las respuestas. A veces, una pregunta es suficiente para abrir una puerta. Quizá esa sea una de las grandes posibilidades del arte: permitirnos mirar la vida desde otro lugar, completar con historias universales los vacíos de la historia personal y regresar a ella con una pregunta nueva.


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