Hay una frase de Úrsula que podría servirnos como una llave para entrar de otra manera en Cien años de soledad: llega un momento en que sospecha que el tiempo no avanza, sino que da vueltas en círculos. Lo que ella está percibiendo no es solamente que los acontecimientos se parecen entre sí; es que, después de tantos años y tantas generaciones, algo vuelve a aparecer con otro rostro, en otra persona y bajo circunstancias aparentemente nuevas.
Los nombres regresan, los amores se parecen, las obsesiones cambian de dueño, los errores encuentran nuevas maneras de repetirse y aquello que parecía haber quedado atrás vuelve a aparecer en el presente. Los Buendía avanzan, tienen hijos, envejecen, mueren, fundan, construyen, destruyen y vuelven a comenzar, pero muchas veces parecen estar caminando sobre un camino que ya habían recorrido.
Desde el Análisis Transgeneracional Evolutivo, esta idea permite acercarnos a uno de los conceptos que más me interesa observar dentro de la historia familiar: EL CICLO BIOLÓGICO MEMORIZADO
En el trabajo de Marc Fréchet, el ciclo biológico memorizado hace referencia a la posibilidad de que determinadas experiencias vuelvan a activarse en momentos específicos de la vida, especialmente cuando existe una resonancia temporal con acontecimientos anteriores. Como vemos en Repitiendo el ciclo biológico memorizado, podemos mirar la edad en la que sucede un acontecimiento importante y preguntarnos qué ocurrió a la mitad de esa edad, o qué encontramos en otros momentos que parecen reproducir una experiencia, un conflicto o una emoción semejante. Desde este enfoque, aquello que vivimos hoy no necesariamente pertenece únicamente al presente: puede estar despertando una memoria anterior que todavía tiene algo pendiente por resolver.
Cuando llevamos esta mirada al árbol familiar, ya no buscamos solamente qué ocurrió cuando una persona tenía determinada edad, sino también qué estaba sucediendo en la familia cuando una generación atravesaba un acontecimiento y qué aparece nuevamente en las generaciones posteriores. No significa que cada repetición sea automáticamente un ciclo biológico memorizado, ni que podamos atribuir una causa Transgeneracional a todo lo que ocurre en una familia. Se trata de observar las coincidencias, las edades, los acontecimientos y las repeticiones para formular preguntas que nos permitan comprender mejor una historia. Y los Buendía ofrecen un territorio extraordinario para hacer este ejercicio.
El árbol recuerda todo aunque sus integrantes olviden
El inconsciente familiar contiene toda la información de todo lo sucedido en la historia familiar. Y basta con nacer en una familia, para tener acceso a esa información. Si comenzamos con José Arcadio Buendía y Úrsula como primera generación de este árbol, encontramos desde el principio varios acontecimientos que pueden convertirse en puntos de referencia para observar posteriormente.
Está el miedo de Úrsula a que sus hijos nazcan con una deformidad como consecuencia de la unión entre primos. Está el asesinato de Prudencio Aguilar y la culpa que acompaña a José Arcadio Buendía. Está el abandono del lugar donde vivían, el largo viaje que conduce a la fundación de Macondo y todo aquello que queda difuso detrás de ese desplazamiento. Está también la obsesión de José Arcadio con la alquimia, sus experimentos y su progresivo alejamiento de la vida cotidiana, mientras Úrsula termina sosteniendo la casa, la economía y la supervivencia de la familia.
No todos estos acontecimientos constituyen necesariamente un programa y mucho menos podemos afirmar que cada uno sea un ciclo biológico memorizado. Pero sí podemos utilizarlos como puntos de partida y preguntarnos cómo vuelven a aparecer estos eventos.
Porque cuando llegamos a la segunda generación, muchas cosas ya parecen estar ocurriendo otra vez.
José Arcadio hereda algo de la fuerza expansiva de su padre. Es aventurero, impulsivo, sexual, inquieto, capaz de abandonar la casa para seguir una experiencia desconocida y regresar después cargando con una historia que parece imposible. Aureliano toma otra dirección: se vuelve introspectivo, observador, sensible, solitario, atraído por la lectura, la guerra, la memoria y las profecías. Amaranta queda atrapada en otra forma de repetición, relacionada con el amor imposible, la renuncia, la culpa y la imposibilidad de permitir que aquello que desea llegue a realizarse. No son copias de sus padres. Y esto es precisamente lo interesante.
Un ciclo no tiene por qué regresar de la misma manera.
Puede cambiar de personaje, de escenario, de comportamiento y hasta de significado, conservando sin embargo algo de la experiencia original, a partir de la percepción de quien lo vive.
La peste del insomnio y la pérdida de la memoria
Hay un acontecimiento de la novela que me parece especialmente revelador cuando pensamos en todo esto: la peste del insomnio. Primero llega el insomnio. Después llega el olvido.
Y cuando los habitantes de Macondo comienzan a olvidar, tienen que volver a nombrar las cosas para recordar qué son. Colocan nombres en los objetos y escriben para qué sirven, porque ya no pueden confiar en su propia memoria. Esta escena adquiere una fuerza particular cuando la observamos desde la perspectiva transgeneracional.
¿Cómo reconoceríamos una repetición si no pudiéramos recordar que ya ocurrió?
¿Cómo podríamos descubrir un programa familiar si cada generación comienza su historia creyendo que aquello que está viviendo es completamente nuevo?
¿Cómo podríamos reconocer que estamos regresando al mismo lugar si hemos olvidado que alguna vez estuvimos allí?
La peste del insomnio puede ser leída, desde este enfoque, como una representación literaria de la generación dormida, desconectada de aquello que sucedió antes. Primero se duerme y después se olvida. Y una familia que olvida pierde una de sus herramientas fundamentales para comprenderse. Por eso resulta tan significativo que en Macondo tengan que volver a ponerle nombre a todo.
Nombrar es recordar. Recordar permite reconocer. Y reconocer abre la posibilidad de hacer algo diferente.
¿Qué estaba sucediendo antes de que llegara el olvido?
Antes de la peste ya hemos visto el asesinato de Prudencio, la culpa, el miedo a la deformidad, la fundación de Macondo, las separaciones, la adopción de Rebeca, el secreto de la filiación de Arcadio, los amores imposibles, las muertes, las guerras y los primeros grandes conflictos entre los miembros de la familia. Ya existen los nombres repetidos. Ya existen los José Arcadio y los Aurelianos. Ya existen las mismas preocupaciones apareciendo en personas diferentes.
Ya existen hijos que crecen lejos de sus padres, personas que ocupan lugares que no corresponden a su filiación, hombres que se alejan de la familia, mujeres que sostienen la casa, relaciones que no pueden realizarse, y acontecimientos que dejan huellas aunque no siempre sean narrados. Entonces llega el olvido. Y después de olvidar, la familia continúa viviendo. Pero cuando no sabemos lo que ocurrió antes, tampoco podemos reconocer que aquello que estamos viviendo ya tiene una historia. Así comienza el círculo.
Volver al mismo lugar sin saber que ya estuvimos allí
Un José Arcadio vuelve a encontrarse con determinados conflictos que ya estaban presentes en el fundador. Un Aureliano vuelve a encerrarse en su mundo interior. Los nombres regresan como si fueran llamados desde generaciones anteriores. Los vínculos prohibidos reaparecen. La familia vuelve a acercarse peligrosamente al incesto que tanto temía desde el principio. La violencia vuelve a presentarse como una forma de responder a los conflictos. El abandono cambia de forma. La soledad cambia de rostro. Y la memoria vuelve a perderse. Pero la soledad permanece. Lo extraordinario es que cada personaje vive su propia experiencia como si fuera única. Y lo es. Para quien está dentro de la historia, el dolor siempre es presente.
El amor que no puede realizarse duele ahora. La muerte que acaba de ocurrir es ahora. El abandono que acaba de sufrir un hijo es ahora. La humillación, la pérdida, la injusticia y la soledad tienen para cada persona una dimensión propia, aunque algo semejante haya ocurrido antes. Por eso mirar el árbol completo cambia la perspectiva.
Lo que para una persona parece un acontecimiento aislado puede adquirir otro significado cuando observamos que algo semejante ya había ocurrido en generaciones anteriores. Y aquí es donde podemos comenzar a buscar los ciclos.
Los ciclos que podríamos rastrear en los Buendía
Uno de ellos podría ser el ciclo de la muerte y la violencia. Podemos comenzar con Prudencio Aguilar y seguir las diferentes muertes violentas que aparecen después, las guerras del coronel Aureliano, los asesinatos y finalmente la masacre de los trabajadores bananeros. No estaríamos diciendo que todos estos acontecimientos son el mismo conflicto, sino preguntándonos si existe una memoria de la violencia que encuentra diferentes escenarios para reaparecer.
Otro podría ser el ciclo del abandono. José Arcadio Buendía se distancia de su familia por sus obsesiones; José Arcadio se aleja y después regresa; Arcadio crece separado de su verdadero padre; Aureliano José es criado por Amaranta; otros hijos aparecen y crecen sin una relación estable con sus padres. Aquí podríamos observar no solamente quién abandona a quién, sino cómo la ausencia de una generación puede convertirse en una experiencia repetida en la siguiente.
También podemos rastrear el ciclo de los amores imposibles, donde una relación que no puede realizarse encuentra después otra forma de aparecer. Amaranta renuncia, otras parejas se separan, hay amores clandestinos y finalmente aparece una relación que rompe los límites familiares que durante generaciones habían intentado mantenerse.
El ciclo de los nombres merece un estudio propio. José Arcadio, Aureliano, Arcadio, Remedios, Amaranta y Úrsula vuelven a aparecer, pero cada persona que recibe un nombre tiene una historia propia. Precisamente por eso los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo son tan importantes: parecen demostrar que no basta con recibir un nombre para repetir automáticamente una personalidad. El nombre puede ser una pista, una identificación, una expectativa o una pregunta, pero la persona puede hacer algo diferente con aquello que recibe.
También podemos observar un posible ciclo relacionado con el dinero, la abundancia y el exceso, especialmente alrededor de Úrsula, Aureliano Segundo y las generaciones posteriores. Allí la pregunta no sería simplemente quién tuvo dinero y quién lo perdió, sino qué significado adquiere la abundancia dentro de la familia y qué ocurre cuando el dinero deja de ser un recurso para convertirse en exceso, compensación, poder o conflicto.
Y finalmente está el ciclo que puede contener a todos los demás: el olvido. Porque quizá los Buendía no solamente repiten acontecimientos. Repiten también la dificultad para recordar.
El ciclo no tiene que terminar de la misma manera
Cuando hablamos de ciclos biológicos memorizados, la pregunta no debería ser únicamente:
¿Qué estoy repitiendo?
También podemos preguntarnos:
¿Para qué vuelve esto?
No necesariamente en el sentido de que exista una intención predeterminada detrás del acontecimiento, sino como una oportunidad de observación. Si una experiencia vuelve a tocar una herida antigua, quizá el momento presente permite hacer algo que antes no fue posible.
Esto también puede ocurrir en nuestra propia vida.
Hay momentos que, cuando los vivimos, parecen completamente terribles. Sentimos que hemos perdido aquello que queríamos, que una puerta se cerró, que algo salió mal o que la vida tomó una dirección que no habíamos elegido. Sin embargo, muchos años después podemos mirar hacia atrás y descubrir algo que en aquel momento era imposible de ver: precisamente aquello que no pudimos tener abrió el camino hacia algo que necesitábamos profundamente y que, de otra manera, quizá nunca habríamos encontrado.
No significa romantizar el dolor ni pensar que todo acontecimiento terrible “tenía que suceder”. Tampoco significa que una pérdida sea buena porque después apareció algo positivo. Significa reconocer que una historia no siempre termina en el lugar donde pensamos que terminó. A veces necesitamos tiempo para descubrir qué hizo nuestra vida con aquello que nosotros creíamos que había sido solamente una pérdida.
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre repetir y evolucionar. Repetir sería volver a encontrarnos con el mismo conflicto y responder exactamente de la misma manera. Evolucionar podría significar volver a encontrarnos con una experiencia semejante y, esta vez, reconocerla.
Reconocer que ya conocemos esa sensación, reconocer que existe una historia anterior, reconocer que estamos ante un programa, reconocer que quizás estamos entrando nuevamente en un lugar conocido. Y entonces preguntarnos qué podemos hacer diferente.
¿Qué habría ocurrido si los Buendía hubieran recordado?
¿Qué habría cambiado si Arcadio hubiera conocido desde el principio quién era su verdadero padre?, ¿Qué habría cambiado si las historias familiares hubieran sido contadas en lugar de quedar escondidas?, ¿Qué habría cambiado si la familia hubiera podido hablar de sus muertos, de sus pérdidas, de sus secretos y de sus errores?, ¿Qué habría ocurrido si alguien hubiera reconocido mucho antes que los nombres estaban regresando?, ¿Qué habría sucedido si hubieran podido mirar la historia completa en lugar de vivir cada acontecimiento como una experiencia aislada?
No sabemos qué habría ocurrido, porque García Márquez escribió otra historia. Pero precisamente ahí podemos abrir nuestra propia reflexión.
El árbol familiar no solamente nos permite mirar hacia atrás. También nos permite preguntarnos qué podría ocurrir hacia adelante.
Si encontramos un programa de abandono, podemos preguntarnos qué sería construir presencia. Si encontramos una historia de violencia, podemos preguntarnos qué sería aprender otra forma de resolver los conflictos. Si encontramos secretos y silencios, podemos preguntarnos qué puede ser hablado y qué necesita ser elaborado. Si encontramos pérdidas no reconocidas, podemos preguntarnos qué significa darles un lugar. Si encontramos relaciones repetidas, podemos preguntarnos qué tipo de vínculo queremos construir nosotros. Si encontramos una relación conflictiva con el dinero, podemos preguntarnos qué significa para nosotros prosperar sin repetir la historia anterior. Y si encontramos una familia que ha olvidado, podemos comenzar precisamente por recordar.
Cuando el círculo vuelve a pasar por el mismo lugar
Quizás por eso la imagen del círculo resulta tan poderosa en Cien años de soledad.
El problema no es solamente que la historia vuelva. El problema es no reconocer que ha vuelto. Un acontecimiento puede regresar con otro nombre, en otra persona, en otra época y bajo circunstancias completamente diferentes. Puede parecer una historia nueva porque quienes la viven son nuevos. Pero cuando observamos varias generaciones, algunas coincidencias comienzan a llamar nuestra atención.
El trabajo transgeneracional consiste, en parte, en detenernos frente a esas coincidencias y preguntar.
¿Dónde comenzó esto?
¿Qué ocurrió antes?
¿Quién lo vivió primero?
¿Qué quedó sin decir?
¿Qué se olvidó?
¿Quién repitió algo?
¿Quién ha intentado repararlo?
¿Quién empezó a preguntarse por qué?
Y, sobre todo:
¿qué podemos hacer nosotros con aquello que recibimos?
Porque quizá trascender un programa no significa borrar la historia familiar ni dejar de pertenecer a ella. Puede significar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: recordar de dónde venimos para dejar de caminar a ciegas hacia el mismo lugar.